Es tiempo de distopías tecnológicas

Es tiempo de distopías tecnológicas

Las historias distópicas son hoy muy numerosas y bien recibidas por los moradores de esta construcción que ha crecido tan desmesuradamente en los últimos tiempos

Mantenemos con los artefactos una relación contradictoria entre el aprecio y el recelo. Es como si en plena naturaleza hubiéramos comenzado a construir desde dentro un inacabable, pero fenomenal, edificio; esto lleva a que a medida que crece la construcción más envueltos estamos en ella, ya que estamos levantando sus muros desde el interior. El edificio, magnífico, nos acoge y nos libra de estar a la intemperie, pero a la vez no deja de producir sensación de encierro; es más, para una parte de sus moradores el imponente edificio se presenta laberíntico, incomprensible, por el que nos extraviamos sin remedio.

Es singular lo que nos está sucediendo a los humanos. Nos definimos desde el principio como hacedores infatigables de un mundo artificial que la naturaleza, sin nosotros, no podría levantar, pero al mismo tiempo que lo construimos sin descanso lo vamos sintiendo más extraño. Reconocemos que es magnífico, imprescindible, pero con rincones temerosos, con pasillos por los que no queremos transitar a pesar de que este palacio es todo él obra nuestra. ¿Qué nos amenaza en estas estancias oscuras? ¿Nos perderemos irremediablemente por sus pasillos y escaleras? ¿Lo estamos haciendo sin planos y de ahí que se nos vaya haciendo extraño e incomprensible a medida que crece?

Encerrados y temerosos, confundidos, nos acurrucamos para escuchar historias que nos hablen de estas estancias oscuras y de los pasillos interminables y laberínticos. Parece que preferimos que nos aviven estos miedos, pues de este modo justificamos nuestra resistencia a transitar por pasillos y estancias, para comprobar si son laberintos de perdición y umbrales sin retorno.

Las historias distópicas son hoy muy numerosas y bien recibidas por los moradores de esta construcción que ha crecido tan desmesuradamente en los últimos tiempos. Las distopías tecnológicas se alimentan al menos de tres incertidumbres que contiene la creación artificial —desde una piedra tallada a un robot—, de tres misterios que encierran los muros de un edificio, ya inconmensurable, que nosotros mismos estamos levantando desde dentro.

Uno de estos misterios está en que todo lo que construimos artificialmente es el resultado de la extraversión que por nuestra naturaleza humana poseemos. Dejamos así en un artefacto aquello que hacemos naturalmente y para lo que nos ha capacitado la evolución natural. Como hemos llegado a tal extraversión en un mundo artificial nos preguntamos si no vamos hacia el vaciamiento de nuestra naturaleza, a ir perdiendo más y más capacidades y, en consecuencia, a ser torpes y dependientes de los aparatos. Un entorno artificial que terminaría por abducirnos. Si el miedo no nos hace cerrar los ojos veríamos que esta potente y continua extraversión no es solo vaciamiento, sino oportunidad de que por esos «huecos» emerjan otras capacidades todavía más específicas y potentes de nuestra humanidad, y que hasta ahora estaban sofocadas por aquellas que hemos transferido a los artefactos.

Otra incertidumbre radica en que cualquier artefacto amplifica la acción de la capacidad natural que le hemos transferido. Funciona con más rapidez que nuestro andar, carga mucho más que nuestras espaldas, golpea más fuerte que nuestro brazo, manipula con más precisión y agilidad que nuestros dedos, nos hace ver mucho más allá que nuestros ojos, calcula un volumen de operaciones y a una velocidad y fiabilidad inalcanzables por el cerebro, recuerda, resiste, trabaja, vigila… y decide. Hasta ahora el temor estaba en qué manos y voluntad quedaba esta amplificación, casi de magia, de las acciones del ser humano, porque el poder se haría descomunal. Pero hoy la inteligencia artificial ya anuncia que nos encontramos con la posibilidad de comenzar a trasladar fuera lo más íntimo que el humano guardaba como propio, a confiar en lo artificial decisiones e intervenciones cargadas de responsabilidad, y que hasta el momento las contenía nuestra conciencia. Y el recelo no está solo en la transferencia de estas acciones, sino en la seguridad de que también se amplificarán… ¿hasta que perdamos su control? Las distopías nos acercan a este abismo vertiginoso.

Y, finalmente, el tercer misterio en el que nos encierra el mundo tecnológico e inspira las distopías es el de la incorporación de lo artificial, es decir, la introducción en nuestro cuerpo, recinto de nuestra naturaleza, de lo que creamos artificialmente fuera. Desde los tatuajes en tantas culturas que han existido o las perforaciones, las trepanaciones, hemos traspasado la frontera de lo natural del cuerpo hasta llegar a las operaciones, los implantes y trasplantes, pero ninguna injerencia comparable al abismo que nos abre el genoma y el vértigo de su alteración. Nada más artificial que manipular directamente la construcción para la que la evolución ha necesitado una existencia, la de este planeta. La alquimia de nuestra transmutación genética brota a borbotones en los relatos distópicos. 

Siempre nos quedará la duda de si las distopías son advertencias que no hay que desatender o leyendas que nos agarrotan con la más inmovilizadora de las ataduras: el miedo. Un reto de contención y de atención para saber desvelar las que nos llevan por uno u otro camino.

Antonio Rodríguez de las Heras es catedrático Universidad Carlos III de Madrid

La vida en digital es un escenario imaginado que sirva para la reflexión, no es una predicción. Por él se mueven los alefitas, seres protéticos, en conexión continua con el Aleph digital, pues la Red es una fenomenal contracción del espacio y del tiempo, como el Aleph borgiano, y no una malla.

 

 

 

 

 

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